Salir del armario
Enviado por Asturboy

Para Tomás lo de tener pareja era una cuestión de masoquismo. Algo así como machacársela con una piedra sólo por el gusto que da luego dejar de hacerlo. Estaba enamorado, de eso no cabía ninguna duda, pero parte de la felicidad que encontraba en la relación con su pareja se basaba, llanamente, en lo mucho que sufría.

Y es que a Tomás le encantaba sufrir. Nunca podremos saber si él era consciente de su debilidad por el sufrimiento, pero seguro que si alguien se lo hubiera dicho lo habría negado con rotundidad. No es que fuera sadomasoquista ni nada de eso. Como mucho, le volvía loco que le pellizcaran las tetillas en determinadas situaciones.

El sufrimiento que a él le gustaba era psicológico. El de sentirse víctima. Realmente le daba lo mismo por qué tenía que sufrir en cada momento. Su depresión podía basarse un día en el agujero de la capa de ozono, y al siguiente por haber mezclado ropa blanca y de color en la lavadora.

Por eso era tan selectivo a la hora de elegir su pareja. Tenía que ser justo la persona que le hiciera sentir al mismo tiempo víctima y culpable. Y esa era la razón por la que su vida era de lo más intensa desde que había conocido a Ricardo. Era la persona ideal para hacerle sufrir.

Ricardo, más que guapo, era morboso. Algo ruín, pero con un aquéllo dificil de explicar. A veces Ricardo desaparecía dias enteros sin dejar una nota ni llamar por teléfono. Decía que tenía que pensar. Cuando volvía no daba ninguna explicación, sencillamente se metía en la habitación y oía alguno de esos discos de Deep Purple que a Tomás le parecían tan ruidosos. Esos días no se le podía molestar ni decir nada. Ni mucho menos pedir explicaciones sobre dónde había estado. Todo lo más, al anochecer, Tomás se metía en la cama y abrazaba a Ricardo, quien se apartaba - le molestaba para dormir - y a veces soltaba algún gruñido. De aquí podemos concluir que la madre de Ricardo, que de vez en cuando llamaba por teléfono para intentar convencerles de que vivían contra las leyes de Dios, tenía razón cuando afirmaba que su hijo era un poco arisco.

Pero no acababa todo ahí. Con Ricardo encontraba toda una gama de posibilidades, cada segundo de convivencia era un paso hacia el sufrimiento que inconscientemente tanto le llenaba y que de alguna manera daba sentido a su vida.

Ambos eran activos. Ricardo lo tenía bien claro. O daba él o nada. Tomás, sin embargo, prefería pasarse las noches en vela pensando en qué iban a hacer juntos, en si debía dárselo y si al día siguiente iba a tener que pasar mucho tiempo sentado. Porque claro, aparte de que a Tomás le hacía poca gracia lo de estar debajo, Ricardo estaba bien dotado y además le encantaba arremeter con fuerza.

Toda una joya. Y en la casa, es que Ricardo no tenía desperdicio. Si Tomás era amante del orden y la pulcritud, su bien avenido compañero era incapaz de meter los calcetines en el cesto de la ropa sucia por la noche. Y eso si se los quitaba para dormir, claro.

Con las labores domésticas, ya era el climax absoluto. Para Ricardo lo ideal era utilizar cubiertos de plástico que se pudieran tirar después de cada uso. Aseguraba que con lo que se ahorraban en detergente compensaba. Y el día que Ricardo se encargaba de la comida, ésta llegaba en brazos de un repartidor.

Y no es que Ricardo fuera vago. No, ni hablar. Tomás jamás se enamoraría de un golfo. Lo que pasa es que Ricardo era un artista. Incomprendido, insultado, despreciado en todas las galerías de arte. Como los más grandes. Evidentemente, su arte era tan difícil como su carácter.

Sin embargo, lo que realmente reconcomía a Tomás era pensar que Ricardo tuviera un amante. O varios. No le extrañaría. Su compañero siempre había sido un poco pendón para esas cosas. Más bien bastante, para qué engañarnos. Si algo sacaba de quicio a Tomás era ir juntos a algún bar de ambiente, ya que Ricardo era bien conocido en todos ellos. Sobre todo en los que tenían cuarto oscuro.

Con todo esto, Tomás no encontraba un sólo momento para él mismo. Siempre tenía algo que hacer, y sobre todo algo en lo que pensar. Cada día no podía evitar llamar dos o tres veces a casa, para comprobar si estaba con otro, o si había desaparecido sin dar señas. Entonces era cuando peor lo pasaba, perdía el sueño y el apetito. Y cuando Tomás volvía a casa, cada día, durante el camino, se distraía pensando en si iba a encontrarse con el amante de su pareja en calzoncillos al abrir la puerta de su casa, y fantaseaba sobre si matarles a los dos o matarse él.

Hasta que un día, por fín, sus pronósticos se cumplieron.

Aquí es donde entra en escena Alejandro, más conocido como Jandrito. Joven, con una inocencia pueril, y todavía descubriendo su propia identidad. Y por supuesto, cometiendo el error de caer en las garras de Ricardo. Claro que con Jandrito las cosas eran distintas. Jandrito no se enamoró de la amplia gama de desprecios que podía ofrecerle su nuevo amigo, sino que más bien estaba fascinado por su presencia.

Para él Ricardo no era el típico mariquita. Ricardo era un macho. Un hombre de pelo en pecho que fumaba Ducados y se desvivía por el Atlético de Madrid. Un hombre de verdad, que no soportaba que se supiera que era gay. Un hombre que detestaba el cocido, y en lugar de recoger los platos después de comer los utilizaba como ceniceros. Un hombre de largos silencios y breves gruñidos. Lejos estaba de imaginarse que en realidad Ricardo no era más que una mariquita mala. Armarizada, pero mala al fín y al cabo.

Jandrito conoció a Ricardo en el Corte Inglés. Concretamente en la sección de Moda Joven. Iba a comprarse unos zapatos, y de repente le vió un par de estanterías más allá. Inmediatamente se sintió atraido por su presencia, por su hombría. Ni siquiera se imaginaba que ese machote que contemplaba fuera gay. La atracción le envolvió de tal manera que al cabo de unos minutos ya le observaba descaradamente. Tan fijamente que Ricardo se dio cuenta. Sus miradas se cruzaron y Jandrito se puso colorado como un tomate. Sobre todo cuando vió que se le acercaba con paso firme. Quiso huir, pero era como si sus zapatos estuvieran pegados al suelo. Entonces fue cuando se quiso morir.

Ricardo se puso enfrente de él, con su rostro rígido e inexpresivo tan característico y su barba de dos días. Estaba mascando chicle. Le miró un rato fijamente a los ojos sin dejar de mascar. Luego habló con su voz grave.

- ¿Qué narices miras?

Jandrito sentía que se desvanecía por momentos.

- ¿Yo? Nada, unos zapatos y...
- ¿Tengo yo cara de zapato?

Al chiquillo se le rompieron todos los esquemas. Sentía como si llevara una cartel luminoso encima que dijera 'Soy maricón, pégame una patada en el culo'. Sólo que tenía el presentimiento de que la patada se la iban a dar en la cara.

- No, yo...
- ¿Eres maricón o qué?

A Jandrito apenas le llegaba ya la sangre al cerebro. Seguro que la dependienta se había dado cuenta de la situación, debía de estar en algún sitio partiéndose de risa. O peor aún, lo mismo había llamado a los de seguridad.

- ¿Quien? ¿Yo?

La sensación de ridículo era ya impresionante.

- No. Mi abuela.

También es que Ricardo tenía mucha mala leche. Estaba realmente molesto no porque el chico se hubiera fijado en él, lo cual en realidad le agradaba, sino porque no soportaba la idea de que alguien pudiera pensar que él era gay.

- Yo... Es que le ví... Y...

No se sabe bien lo que pasó. Las palabras salieron de sus labios pero no quería pronunciarlas. El caso es que lo dijo.

- Le vi allí y me pareció un hombre atractivo y me gustó y por eso le miraba.

Durante unos segundos su corazón dejó de latir. En el rostro de Ricardo se dibujaba una sonrisa de complacencia.

- ¿Si? Así que eres maricón, ¿no? ¿Es que te gustaría chupármela? ¿Eh? ¿Es que quieres rabo? ¿Es eso?

Jandrito lo quiso negar todo, pero después de lo que había dicho iba a ser un poco ridículo negar nada. Aún así, no podía evitar el tartamudeo.

- Yo... Si, bueno... No, no sé. Es que...

Evidentemente Ricardo disfrutaba con la situación. Le encontraba tener el control de la situación, y tenía al pobre chico en un puño.

- ¿Como te llamas, chaval?
- Alejandro.
- Mira Alejandro. Detrás mío, al fondo, están los servicios. Vas a ir allí y me vas a esperar un par de minutos. Luego iré y me vas a explicar todo esto. ¿De acuerdo?

Claro que estaba de acuerdo. No le gustaba nada la situación. Se imaginaba que habría un corro de personas alrrededor observándoles y sobre todo señalándole con el dedo. No quería ni pensar en lo que pasaría si se enterara su madre. Así que hizo lo que le mandaron sin rechistar.

Al cabo de unos minutos Ricardo entró en los servicios. Jandrito estaba apoyado en la pared, hecho un manojo de nervios, y convencido de que le iban a partir la cara. Por eso se sorprendió cuando Ricardo le metió en uno de los cuartos, y le mandó que se bajara los pantalones.

Cuando salió de allí, diez minutos más tarde, con las piernas temblando y un terrible dolor que parecía invadirle todo el cuerpo, Jandrito apretó el puño en el que tenía un trozo de papel con una dirección. La de la casa a la que le había dicho que fuera al día siguiente por la mañana.

Tras masturbarse en el cuarto de baño de su casa para terminar lo que el ímpetu de Ricardo le había dejado a medias, y mientras su madre preparaba la cena, decidió que al día siguiente haría novillos para ver a ese hombre. Al fin y al cabo, por extraña y dolorosa que hubiera sido la experiencia, esa había sido su primera vez. Y el hombre le atraía.

Jandrito se imaginaba que, en una casa, la experiencia sería diferente a la del día anterior. Pero a los cinco minutos de pasar por la puerta, al tiempo que Ricardo le apretaba fuertemente la cintura y le mordía el cuello, apoyando sus brazos musculosos en la mesa de la cocina, descubrió que no iba a ser muy distinto. En un momento de lucidez dedujo que el hombre que había conocido hacía apenas unas horas era un fanático de la violencia. La violencia expresada hacia los demás, claro.

Cuando terminaron, o mejor dicho, cuando Ricardo terminó, se subieron los pantalones. Ricardo fué al salón, se sentó en el sofá, y encendió uno de sus Ducados. Jandrito hizo lo mismo, pero se sentó de lado. De la otra manera le resultaba demasiado molesto.

Extrañamente, Ricardo le rodeó los hombros con el brazo. A Jandrito le pareció reconfortante, era la primera vez que un hombre le mostraba la más mínima señal de afecto, exceptuando su abuelo que evidentemente le quería de otra forma. Se abrazaron, se reclinaron... y se durmieron.

Que se quemara un poco la funda del sofá con las colillas fue lo de menos. Lo grave fue que se despertaran con el sonido de las llaves en la cerradura. Era Tomás, que estaba a punto de enfrentarse al sufrimiento que había esperado desde el mismo momento que conoció a Ricardo en un bar de Chueca.

Jandrito sintió de repente un vacío en el estómago. Tuvo la clara impresión de que algo fallaba. Ricardo, en cambio, tenía una idea bastante más definida de la situación en la que se encontraban, de manera que se incorporó rápidamente, agarró a Jandrito de la camisa, literalmente le arrastró hasta la habitación, y le encerró en el armario.

Pero no había sido lo suficientemente rápido. Cuando Tomás abrió la puerta vió claramente el nerviosismo con el que Ricardo cerraba la puerta del armario. Tomás empezó a inquietarse.

- ¿Qué haces?
- Nada, guardaba la cazadora en el armario.
- ¿La cazadora? Si siempre la dejas tirada en cualquier sitio...

Ricardo se había delatado. El orden nunca había sido su fuerte. Temiendo lo peor, Tomás se dirigió al armario y abrió la puerta. Ricardo no hizo nada para impedirlo.

Jandrito estaba acurrucado debajo de las camisas, mirando con auténtico pánico. La impresión fue demasiado fuerte para Tomás. Ya había visto demasiado. Cerró la puerta del armario nuevamente y echó la llave.

- No voy a montar ningún número. Sólo quiero que me digas por qué lo has hecho.
- Para que no lo vieras.
- Me refiero a por qué me has puesto los cuernos, no a por qué le has escondido dentro del armario.

A Ricardo la mente no le daba para más. ¿Por qué lo había hecho? Pues no lo sabía. Por sexo, se imaginaba. Porque el chico apareció ahí, estaba de buen ver, y encima se dejaba. Porque le apetecía. Porque se lo pedía el cuerpo. Porque para ser infiel primero hay que amar, y él no estaba enamorado realmente. Y porque además, para ser infiel, primero hay que ser fiel, y él nunca lo había sido. Vamos, como si Jandrito hubiera sido el primero. ¿Y él que sabía? Sencillamente le apeteció y lo hizo. Así que, en conclusión, su respuesta a la pregunta de su compañero traicionado fue bastante escueta.

Encogió los hombros.

Fue entonces cuando Tomás, por primera vez, salió de sus casillas. Él que se tenía por chico formal, comedido, razonable, que medía sus palabras... Por primera vez descargó toda la rabia que tenía dentro. De su boca salieron todo tipo de improperios y desprecios. En cierta manera, Ricardo recibió la bronca por todo el dolor acumulado por Tomás durante esos años que había estado con otros hombres. Aunque no aguantó mucho tiempo. Al ver tormenta, cogió la puerta y se marchó.

Tomás estaba llorando. Era habitual en él. Se sentó en el sofá, junto a la colilla que había quemado la funda, y lloró durante más de una hora. Pensó sobre muchas cosas. Sobre los años pasados. Sobre los hombres con los que había estado. Sobre todo por lo que había tenido que pasar, y por todas las situaciones que él se había buscado.

Reflexionó y se dió cuenta de que toda su vida se había comportado como un imbécil, buscando alguien a quien amar y no alguien que le correspondiera. A la desesperada, echándose a los brazos del primero que se le acercara y le hiciera un sitio en su cama, para creerse enamorado a la mañana siguiente.

Entonces empezó a oir una especie de gemido. Venía del armario. Jandrito estaba encerrado, no sabía qué pasaba, le parecía que llevaba dentro siglos, y empezaba a pensar que le iban a matar o algo así. Y encima lo que más le aterrorizaba no era la idea de morir, sino de que luego saliera la noticia en los titulares de los periódicos. 'Asesinato gay por celos'. A su madre le daría un infarto, seguro.

Pero no fue eso lo que pasó. Tomás abrió la puerta del armario, y se encontró un chico completamente abatido, confuso, que suplicaba que no le mataran. Y por alguna razón la situación le pareció incluso graciosa.

Se rió, y le ayudó a salir. Imaginaba cómo se sentía el chico, al fin y al cabo él también era una víctima. Jandrito marchó corriendo en cuanto localizó la puerta, tropezó con el felpudo y casi se cayó al suelo. La experiencia le había marcado para siempre.

Años más tarde Jandrito moriría al caer por unas escaleras mientras entraba en un bar de ambiente. Resbaló al desprenderse la plataforma de uno de sus zapatos, y en la estrepitosa caida se rompió el cuello. Su cuerpo permaneció en medio de un charco de sangre y lentejuelas hasta que diez minutos más tarde se lo llevó una ambulancia.

Tomás, por su parte, decidió cambiar su vida. No buscar, sino sencillamente esperar a que apareciera en su vida un hombre capaz de corresponder a sus sentimientos. Pero una semana más tarde Ricardo volvió a casa, prometiendo que iba a cambiar. Evidentemente no cambió, pero Tomás recuperó su felicidad.

Ya volvía a tener alguien por quien sufrir.

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