Recuerdos de 'La Selva'
Enviado por Anónimo

La Selva... Siendo hoy un adulto, uno de los recuerdos más claros de mi infancia y pre-adolescencia es la casa de Roberto. La mayoría de las casas del barrio eran similares, grandes, con varias habitaciones y amplios patios, parrones, flores, etc. La casa de Roberto tenía una gran diferencia, en su extenso patio trasero había muchos árboles frutales -higuera, níspero, duraznos y otros- más infinidad de matorrales que invitaban a la patota de niños a sumergirse en él como si fuese una gran selva en la que pudiéramos dar curso a toda nuestra imaginación aventurera.

El frente era como un castillo, que visto hoy con otros ojos no pasa de ser una casa más al estilo de los cincuenta, con entrada central, hacia la izquierda un estrecho pasillo, colindante con la propiedad vecina, que rodeaba la casa hasta llegar al patio y, hacia la derecha, la entrada de automóviles con un arco que resguardaba un patio de luz que daba paso al garage propiamente tal. Las paredes laterales del arco nos permitían escondernos, pues cubrían totalmente la visión desde el exterior, cuando hacíamos alguna maldad en la calle y arrancábamos hacia el interior para no ser atrapados.

Así transcurría la infancia más inocente en mi grupo de amigos, donde destacaba Roberto, un muchacho de trece años, más grande que el resto de nosotros, que teníamos doce años y menos. Seis o siete niños éramos un día piratas, al otro ladrones y policías o simplemente escaladores de árboles. Las chicas aún no tenían cabida en este equipo, pues no tenían la fuerza necesaria para los juegos que inventábamos.

Roberto vivía en esta casa con sus padres, un taxista ya muy maduro que cuidaba su coche como si fuese una joya y una dueña de casa muy amable que nos permitía circular libremente, más sus hermanos, una niña de aproximadamente diecisiete años y un niño de ocho. El padre prácticamente no pasaba en la casa, mientras que la madre, siempre ocupada con sus quehaceres domésticos, no salía de la cocina.

La selva, entonces, era nuestra desde que salíamos del colegio hasta que oscurecía y teníamos que irnos cada cual para su casa. Recuerdo que uno de los grandes desafíos era cruzar el pasillo lateral que conducía hacia la calle, pues no tenía luz y se convertía en una verdadera boca de lobo que probaba nuestra valentía una vez que caía la noche.

Una lánguida tarde en que el sol ya se ponía y, cansados, todos estábamos recostados sobre el pasto mirando el cielo y conversando de lo que se nos ocurriera, Roberto, que estaba muy cerca de mí, me dice:

- Poly ¿te gustan los nísperos? - - Si, claro - - Pues, ya están maduros, así es que si me acompañas podemos sacar unos cuantos - - Bueno, vamos. ¿Quién va con nosotros? -preguntamos al grupo. - - No, estamos cansados. Vayan ustedes y nos traen.

Partimos corriendo hacia el fondo del patio, donde los racimos amarillos de nísperos colgaban de su árbol. Roberto intentó alcanzar un racimo pero estaba más alto que lo que alcanzaba su mano.

- Poly, toma una rama y la bajas para yo alcanzar los frutos.

Tomé la rama y la comencé a bajar; mientras la iba tirando, fui avanzando para dejar los frutos al alcance de su mano. Sin darnos cuenta, mientras yo avanzaba, el retrocedió y tomó un racimo de nísperos. Sucedió todo en un instante. Tomó el racimo, su trasero quedó pegado a mí, que al tirar de la rama inconscientemente empujé hacia delante, y ambos sentimos lo inesperado. Fue como un golpe eléctrico al sentir sus nalgas sobre mi sexo, no atiné a nada. El por su parte, no arrancó las frutas, sino que sin soltar el racimo se quedó quieto.

Nos quedamos sin movimiento por un momento, el suficiente como para sentir como mi pene crecía rápidamente. Me retiré y muy avergonzado le pedí disculpas.

- Perdón, no fue intencional - - No, no te preocupes, sigamos sacando.

Su mirada era distinta, entre sorprendido y agradado, lo que me dejó muy inquieto, porque nunca antes yo había sentido ese estremecimiento tan raro. Seguimos en nuestra labor, pero ya no era lo mismo.

Al rato no pude aguantar. Al tirar otra rama, me acerqué suavemente por detrás hasta hacerle sentir mi presencia, más sin tocarlo. Fue suficiente. Dio un paso hacia atrás, levantó su levemente su trasero y lo apoyó en mí, esperando mi empujón. Me empecé a mover con suavidad, mientras Roberto sin volver la vista respondió a mis movimientos. Solté la rama y lo tomé a él, Roberto tiró sus brazos hacia atrás y, sujetando mis nalgas, me apretó hacia su cuerpo.

La inexperiencia, el nerviosismo por lo inexplicable y el temor a ser sorprendidos nos impidió estar mucho rato en nuestro juego, pero sabíamos que no sería el último. Nos separamos, le dije que se adelantara para yo calmarme un poco, pues la erección era total. Nada tan extraordinario tampoco, pues en su total extensión eran sólo diez centímetros. Después que se alejó caminando hacia el grupo que nos esperaba, yo me bajé el cierre del pantalón y saqué mi miembro, el que estaba completamente húmedo por las cristalinas gotas de excitación. Lo limpié con un pañuelo y seguí a Roberto….

Desde ese día buscábamos las excusas para separarnos del resto y entregarnos a nuestro juego, siempre sobre la ropa y ocultos en la selva. La excitación con que quedaba después de nuestros encuentros me llevó a conocer la masturbación cuando llegaba a mi casa. Aún no eyaculaba, el semen era algo absolutamente desconocido para mí, por lo que mis placeres solitarios se limitaban a sentir un delicioso cosquilleo que terminaba por cansancio.

Nos hicimos inseparables, me retiraba a mi casa con los últimos del grupo, hasta que un día sucedió lo que tanto esperábamos. Se fueron retirando todos hasta que quedé sólo yo. Había ya oscurecido bastante cuando decidí retirarme, Roberto me dice que me acompañará por el pasillo para que pasemos junto la boca de lobo.

Caminó delante de mí y yo lo seguí. Al medio del pasillo se detuvo y como yo casi no veía el camino, obviamente choqué con él. Empezamos inmediatamente nuestro juego. Rápidamente Roberto soltó su cinturón, abrió su pantalón y los bajó junto con los slips hasta sus rodillas, ofreciéndome su trasero desnudo. Al sentirlo en mis manos, bello, redondo y deseoso, desesperadamente seguí su ejemplo bajando también mis pantalones. Unimos nuestros cuerpos sintiendo deliciosamente como mi pene pasaba entre sus nalgas, tocando suavemente el orificio que se me ofrecía, el gemía y yo tiritaba.

- Oh! Poly se siente exquisito, lo tienes mojadito. - - Y tu tienes el potito muy calientito.

Al iniciar los movimientos que ya conocíamos sobre la ropa, solo que ahora desnudos, la excitación hizo que mi pene estuviera cada vez más lubricado, por lo que yo me daba cuenta que sería inevitable el que conociera el estrecho túnel de Roberto. Se agachó un poco, tomó la punta de mi pene y lo llevó a la entrada de su orificio. Yo intenté la penetración cruzando mis brazos hacia delante, encontrándome con un miembro que era más grande que el mío . Con mi mano izquierda me aferré al estómago de Roberto mientras con la mano derecha tomé su miembro y le empecé a masturbar suavemente. Absolutamente extasiado, comencé a empujar. Sentí un pequeño gemido. Cuando me aprestaba a enterrarlo todo, sentimos la voz de la mamá de Roberto que le llamó:

- Roberto, ya es muy tarde para que estén en el patio. ¡Deben entrarse a la casa!

Rápidamente y muy asustados subimos nuestros pantalones y salimos corriendo hacia la calle.

Pasaron algunos días en que, por diversas razones, no visité la selva. Cada día que pasaba aumentaban mis deseos de volver, en ello estaba pensando ya que justo esa tarde podría ir, cuando suena el timbre.

Era Roberto que venía a buscarme.

- Hola, Poly, hace días que no nos vemos. - - Si, estaba por ir hoy. ¿Qué hay del resto de los muchachos? - - Justamente por eso vine -me dijo a la vez que me hacía un guiño- - - ¿Cómo? - - Hoy fueron todos, pero les dije que tenía que salir con mi madre por lo que no podríamos jugar hasta mañana. - - ¿Y no saliste con tu mamá? - - No, mi padre tuvo que hacer un viaje fuera de la ciudad y no regresa hasta mañana, por lo que mi mamá aprovechó para visitar a mi tía. Fue con mis hermanos y no regresará hasta las diez. - - Ah! Son recién las cinco, toma té con nosotros y luego te acompaño a casa, le dije.

A las seis, luego de tomar el té, nos dirigimos a su casa. Era bastante cerca, no más de media cuadra, pero el camino se nos hizo interminable. Sin decir palabra, ambos sabíamos que había llegado nuestra oportunidad. Al entrar a la casa, yo ya sentía la lubricación saliendo.

Roberto me dijo 'anda a la cocina y trae un vaso de bebida, yo te espero en el dormitorio'. Le obedecí y fui a buscar la gaseosa. Cuando regresé, me dí cuenta que él estaba tan ansioso como yo, ¡lo había preparado todo!

Al ingresar al dormitorio, Roberto estaba desnudo y boca abajo sobre la cama, con un almohadón bajo el vientre, lo que dejaba todo su trasero a mi disposición, levantado y listo para mí. No necesité ninguna otra sugerencia, me desnudé rápidamente y me subí sobre él. Nos acariciamos un rato, refregando mi sexo sobre la separación de sus nalgas, hasta que Roberto exclama ¡No seguiré esperando! Y tomando la punta de mi pene lo dirigió como un arpón hacia su agujero. Empujé suavemente para que entrara la punta, sentí el mismo gemido de la primera vez, sólo que esta vez nadie interrumpiría. El siguiente movimiento hizo que entrara hasta la mitad. Con un ah!… Qué rico!.. Roberto me tomó con sus manos por detrás y me atrajo hacia él, haciendo que lo penetrara completamente.

Fue lo más rico que había sentido nunca, sentir como entraba y salía de ese agujero tan apretadito me provocó las más exquisitas sensaciones. Entre jadeos y gemidos, fui sintiendo como el placer aumentaba más y más, hasta que una tremenda explosión de goce me hizo lanzar cuatro chorros de semen, la primera eyaculación de mi vida, inundando el túnel de Roberto, quién gemía y me apretaba más y más. Finalmente ambos quedamos exhaustos, pero sin despegarnos hasta que mi pene se agachó completamente.

Después de ese día no desaprovechamos ninguna oportunidad durante los dos próximos años, nos perdíamos en la selva, aprendimos a usar ropa fácil de subir y bajar y el pasillo oscuro se convirtió en nuestro cómplice, hasta que mi familia se mudó de barrio y ya no lo volví a ver. Nunca más he tenido experiencias de este tipo.

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