Noche de Reyes
Enviado por Migsam

Mario iba cabreado. Le habían pillado en la hora tonta. La madre de su novia le había liado para que llevara a su sobrino de nueve años a ver la Cabalgata de Reyes y no había sabido o no había podido decir que no. Eran las seis de la tarde, pero ya era prácticamente de noche. Las luces de la decoración navideña lucían en todo su esplendor alumbrando el continuo ir y devenir de gentes de todas las edades que buscaban un sitio desde el que sus niños pudieran ver el paso de los Magos de Oriente.

Le acompañaba además del pequeño Andrés, Constantino, el hermano mayor de su novia, que tenía su misma edad. Era un chico bastante atractivo, agradable pero callado. La verdad es que aunque habían coincidido en infinidad de ocasiones nunca habían cruzado más de un par de frases intrascendentes. Siempre le había parecido extraordinario el parecido físico que tenía con su hermana. ¿Cómo era posible que teniendo unos rasgos tan idénticos pudiera él resultar tan masculino y ella tan femenina?

En la calle, por los sitios por los que iba a discurrir la Cabalgata, ya había bastante gente apostada en las aceras, guardando con antelación un sitio desde el que poder ver ellos y sus niños el espectáculo de carrozas, luz, e ilusión infantil. Faltaba más de una hora para que empezase el desfile y ya era imposible encontrar un hueco en primera fila. De pronto, un señor, que por edad debía estar acompañando a su nieto, empezó a encontrarse indispuesto y dejó libre el hueco que ocupaba. Mario lo vio y rápidamente se abalanzó a ocuparlo. Dejó que el pequeño Andrés se pusiese delante y se apoyase en una valla metálica que había puesto el Ayuntamiento para evitar que el público invadiera el espacio por donde pasarían las carrozas. Constantino, que era algo más alto, se puso detrás de él de forma que los tres podrían, sin dificultad, ver todo lo que pasase.

Conforme había ido transcurriendo el tiempo se había ido acumulando tras ellos una gran multitud de gente, que no había tenido la previsión de llegar con tiempo suficiente para coger un buen sitio. Y empezó el desfile. Desde atrás la masa, que quería no perder ningún detalle, empezó a empujar cada vez con más fuerza. El pequeño Andrés, a causa de su estatura, tenía el cuello a la misma altura que la valla que separaba la acera del asfalto. Mario, viendo que la presión acabaría por estrangular al niño, apoyó su mano en el borde superior y empezó a hacer presión hacia atrás convirtiendo su cuerpo en un escudo que protegiese a la criatura de ser aplastada por el empuje de la muchedumbre.

-Tío, intenta empujar tu también hacia atrás, que nos van a asfixiar al niño.- Le dijo, con la voz entrecortada por el esfuerzo a Constantino, cuyo cuerpo estaba justo detrás del suyo.
-Vale, lo intentaré, pero es que no veas como están empujando. - Contestó.

Las carrozas habían ido sucediéndose y la presión se había atenuado conforme la emoción de los primeros momentos se había ido disipando, Mario empezó a notar una extraña sensación de dureza a la altura de su culo. Constantino se debía estar empalmando a causa de la presión y el roce. La idea de que un rabo en erección se estuviese restregándo en su cuerpo le puso de mala leche, pero no dijo nada, puesto que era una reacción natural y probablemente el pobre Constantino ya estaría bastante cortado por una situación tan embarazosa.

No habrían pasado más de dos minutos cuando la dura presión empezó a transformarse en algo cálido. Hacía frío, pero aquella sensación dura y caliente había empezado a transmitir su temperatura al cuerpo entero de Mario hasta que pudo sentir como el calor salía por sus heladas mejillas en contacto con el gélido aire de la noche invernal. Notó como él también estaba teniendo una erección cada vez más descontrolada. Según iba pasando el tiempo su excitación era mayor. Si aquello duraba mucho acabaría corriéndose encima sin siquiera haberse tocado.

Cuando pasó la última carroza, la masa de gente comenzó lentamente a disiparse y los cuerpos de Mario y Constantino pudieron por fin despegarse. Mario inmediatamente se dio la vuelta y de forma instintiva miró a la bragueta de Constantino, que estaba todavía abultada. Cuando subió la vista, sus ojos se encontraron y Mario los apartó precipitadamente. Teniendo en cuenta la reacción de ambos, era evidente que Constantino no se había cortado demasiado porque había sido capaz de sostener la mirada con una naturalidad pasmosa.

Mientras los tres regresaban a casa en el Metro guardaron un gran silencio. Mario no podía soportar la idea de que Constantino le hubiese pillado mirándole el paquete y que encima él hubiera apartado la vista y se hubiera quedado callado. Al fin y al cabo era Constantino quien debería sentirse avergonzado de haberse empalmado por el contacto con su culo. Al mismo tiempo no podía dejar de pensar en lo excitante que había sido notar aquella polla presionando contra su cuerpo. No podía evitar desear que volviera a ocurrir, pero esta vez sin que ninguna ropa se interpusiera. Desde que era muy pequeño siempre había sentido una gran curiosidad por el cuerpo de otros hombres, por su sexualidad. En muchas ocasiones se había descubierto a sí mismo fantaseando sobre acariciar y dejarse acariciar por otro chico. Siempre que pasaba eso, lo desechaba inmediatamente de su mente e intentaba excitarse con la imagen de una mujer. Esta vez había sentido el contacto de un cuerpo masculino excitado y no había podido controlar su propia excitación, una excitación como la que nunca había obtenido con mujer alguna.

Cuando llegaron a casa de su novia, la madre de esta le dijo que la chica se había marchado a preparar la fiesta de la Noche de Reyes a casa de la anfitriona y que sería allí donde se encontrarían a partir de las once. Puesto que Constantino estaba también invitado, era lógico que se fueran juntos. Mario esperó tomando algo de turrón y unos polvorones a que este se cambiara de ropa para ir después a su propia casa a que el también se preparase para ir a la fiesta. Constantino salió al salón ya completamente arreglado, con el pelo aún húmedo después de haberse dado una ducha. Olía bien, a limpio, a gel de baño y Mario pudo darse cuenta entonces, como no lo había hecho antes, de lo tremendamente atractivo que era.

Una vez en su casa, que era un pequeño estudio, Mario sirvió a Constantino un refresco y le encendió la televisión para que se entretuviera mientras el se encerraba en el aseo. Tras unos pocos minutos, salió cubierto con un albornoz a la única habitación que tenía el estudio. Allí esperaba el otro sentado en un destartalado sillón frente a la pantalla con la cama a sus espaldas.

-¡Ah! ¡Que bien me ha sentado la ducha después de la sudada que me he pegado viendo la cabalgata! - Dijo Mario
- Sí la verdad es que ha sido horrible tanta aglomeración.- Contestó Constantino sin apartar la vista de la televisión.
- Pues si para ti ha sido horrible, fíjate para mí, que si me descuido casi me das por culo.- Contestó Mario con la intención de dejar avergonzado a su acompañante en represalia por haberse cortado él cuando sus miradas se cruzaron en la calle.
-¡Que más quisiera yo que follarte el culo de verdad.- Contestó Constantino que en ese momento apartó sus ojos de la tele y los clavó en los de Mario. Este se quedó inmovil, sin poder hablar. Intentó decir algo pero lo único que pudo articular fue una especie de quejido. En ese momento era lo que más deseaba pero no sabía que hacer. Además podía ser que el otro estuviese bromeando y si tomaba algún tipo de iniciativa acabase haciendo el ridículo más grande de su vida.

De pronto Constantino se levantó y se dirigió de forma rápida y casi violenta hasta donde estaba Mario, que empezó a temblar por una mezcla de miedo y excitación. Una vez enfrente de él, Constantino le cogió la cara con las dos manos y le besó en la boca de forma delicada y al mismo tiempo apasionada. Nunca había sentido nada semejante; el contacto con unos labios tan firmes y cálidos le hicieron perder cualquier inhibición y al mismo tiempo perder el sentido de la gravedad hasta tal punto que cuando Constantino dejó de sujetarle con sus manos, fue resbalando poco a poco hasta quedar de rodillas frente a él. Le abrazó apoyando su cara en la bragueta, presionando, reviviendo en sus mejillas la enloquecedora sensación que había sentido en su culo un par de horas antes. Desabrochó el cinturón y el botón, bajó la cremallera y dejó deslizar los pantalones que cayeron hasta los tobillos. Debajo de los calzoncillos se podía apreciar ya una media erección y cuando tiró de ellos hacia abajo apareció allí la exhibición más turbadora que nunca pudo imaginar tener delante. Y lo tenía allí, al alcance de su boca. Agarró la polla y la besó, lamió y chupó hasta que se desarrolló en toda su envergadura. ¡Era una enormidad! ¿Cómo era posible que hubiera podido crecer tanto?

Mientras Mario estaba entretenido con su nuevo juguete no había reparado en que Constantino se había despojado de la camisa. Ya casi totalmente desnudo, le cogió de los hombros, le levantó, le quitó el albornoz y le llevó hasta la cama, se descalzó y terminó de desenfundarse de los pantalones y los calzoncillos. Se tumbaron juntos y abrazados empezaron a juguetear. Después de un buen rato de acariciarse y lamerse todo el cuerpo Constantino empezó con un dedo a abrirse camino en el culo de su amigo. Alargó un brazo y cogió un tubo de crema lubricante que había encima de la mesita de noche ¿Cómo? Mario no tenía de eso en casa. Constantino lo debía haber dejado ahí mientras él se duchaba ¡Es decir, lo llevaba todo preparado! Porque, al lado de la crema, había unos preservativos que él tampoco había puesto allí.

La penetración fue dolorosa al principio, pero poco a poco el dolor y el escozor iniciales fueron dejando paso a la sensación tremendamente placentera. Constantino estaba colocado encima, con las piernas de Mario sobre sus hombros. Se movía muy despacio pero con gran profundidad. Tomó las manos de Mario para evitar que este se precipitara masturbándose y este sintió como le llegaba el orgasmo sin tocarse siquiera. Era lo más delicioso que había sentido en su vida. Todas las zonas erógenas de su cuerpo se convulsionaron al mismo tiempo. Mientras unas lágrimas de felicidad y agradecimiento se derramaban por sus mejillas, la respiración de Constantino se hizo más agitada y sus movimientos más rápidos y violentos hasta que al final quedó quieto encima de él, mirándole a los ojos, con dulzura y una sonrisa en la boca.

-¿Qué tal? - Preguntó Constantino.
- Ha sido increíble. No te lo puedo explicar con palabras. Este es el mejor regalo de Reyes que me han hecho nunca- Contestó Mario.

Ya no era cuestión de ir al Cotillón en aquella casa en la que esperaba su novia. Ya le explicaría al día siguiente que había encontrado al amor de su vida en la persona de su hermano. Iba a ser una noticia fuerte. Seguro que la escena iba a ser de las de recordar toda la vida, pero, en fin, ¿Qué le vamos a hacer? Acababa de hacer un importante descubrimiento, el de su propia y verdadera naturaleza sexual tanto tiempo enmascarada por los prejuicios propios y ajenos. De momento la noche entera era suya, de los dos, una oportunidad para estar abrazados, besándose, amándose de nuevo como si de la última vez se tratase. Aunque esa noche no fue, desde luego, la última Noche de Reyes en que estarían juntos.

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