My First Time
Enviado por Wulfgar

El color del Pacífico en la isla de Lanzarote adquiere unos suaves tonos verdosos, que difícilmente pueden encontrarse en las frías costas de Irlanda. Más aún, cuando el sol desciende por el horizonte, y la tarde deja paso a la noche, ese verde se convierte lentamente en un apacible violeta que recuerda a las exóticas islas del Trópico.

Pero lo cierto es que mis ojos no se paraban a contemplar los sutiles matices del mar, la playa ofrecía un espectáculo más sugerente para mis recién cumplidos dieciocho años. Mi familia siempre venía a vacacionar a estas playas en verano, y aunque prefería quedarme con mis amigos irlandeses, mis dos hermanos y yo nunca poníamos objeciones a pasar un par de semanas en aquella isla. Mañana terminarían las vacaciones y tendríamos que volver a Irlanda, y en cierta forma lo estaba deseando, aunque sabía que luego lo echaría de menos.

Mi hermana pequeña estaba con un chico moreno al que había conocido bastante bien en estas dos semanas, y los dos sabían que este sería su último día juntos, por lo que intentaban aprovechar el tiempo de la mejor manera posible. Ambos pasaban el rato besándose y recostándose el uno sobre el otro junto a la playa. Mi hermano mayor, por el contrario, había encontrado un grupo de muchachos con los que jugaba al fútbol sobre la arena mojada.

Eso era lo mejor de la playa, el poder ver a aquellos jóvenes muchachos corriendo detrás de un balón de fútbol. Aquellos torsos descubiertos y manchados por la arena, y aquellas piernas fibrosas que se movían sin parar, eran el mejor pasatiempo para mis últimos días en aquel lugar. Lo más emocionante de todo era poder imaginarse las formas que se dejaban entrever en sus bañadores, siluetando el contorno de los paquetes de esos muchachos adolescentes.

En el fondo creo que sentía admiración por aquellos cuerpos, yo era un chaval gordito, que aunque practicase rugby en el instituto, todas las cervezas que había tomado con mis amigos, no habían perdonado en mí una abultada tripita irlandesa. También mi pelo rojo y mi piel pálida contrastaban con los cuerpos morenos de aquellos muchachos. Sin duda, aunque alguno de ellos hubiese podido darse cuenta de que yo estaba empalmado y sintiese atracción por los chicos, dudo que se hubiese fijado en mí.

Pero tumbado bocabajo en la playa nadie podía darse cuenta de lo que sucedía, y yo podía sentir la presión de mi polla completamente empalmada sobre la arena mientras miraba despreocupadamente a todos esos chicos en movimiento.

Hace unos años, en Irlanda, ni tan siquiera me habría fijado en aquellos muchachos, de hecho, yo había disfrutado de algún encuentro esporádico con amigas mías, o alguna novia de algún amigo mío, y ni tan siquiera me había planteado llegar a disfrutar sexualmente con un chico. Pero desde hace un tiempo no podía evitar que aquella idea martilleara incesantemente mi cabeza.

Se hacía tarde, y mis padres nos llevaron a mis hermanos y a mí a cenar de vuelta al hotel donde nos alojábamos.
Mi hermana estaba triste después de haberse despedido del chico que había conocido aquel verano, y mi hermano había tardado mucho en dejar a sus nuevos compañeros en la playa. Parecía como si yo fuese el único que tenía ganas de volver a casa.

Aquella noche compartimos la mesa con nuestros vecinos de habitación en el hotel. Eran una pareja de españoles muy simpáticos; el chico era un joven atractivo, que tenía un aspecto similar a un boxeador o a un tullido obrero de la construcción, con unos hoyuelos en la cara, que le hacían tener una perpetua sonrisa en el rostro, y una expresión alegre en la mirada. Su novia era una chica rubia muy delgada, que se asemejaba a una de esas modelos que aparecen siempre en las portadas de las revistas. Ambos se iban a casar a su regreso a España, y estaban celebrando por anticipado su luna de miel en Lanzarote.

Durante la cena no pude dejar de mirar a aquel hombre, y a veces, cuando descubría que le estaba observando, yo apartaba rápidamente la vista, y él se limitaba a lanzarme una sonrisa con aire divertido.

Cuando terminó la cena, volvimos a nuestra habitación en el hotel, y nuestros vecinos a la suya. Pero antes de entrar en mi habitación, mi vecino me paró, y me invitó a compartir un rato con ellos.

Entré en su apartamento, y nos sentamos los tres en una mesa a charlar. Ellos me preguntaban todo el rato cosas de Irlanda, y yo les hacía preguntas sobre las extrañas costumbres de los españoles. Al rato, el hombre sacó unas cuantas latas de cerveza, y él y yo empezamos a bebérnoslas.

Su novia no tardó mucho tiempo en marcharse a descansar a su cama, y nosotros nos quedamos riendo y hablando sobre un montón de cosas que ya no recuerdo, pero que dudo que tuviesen alguna importancia.

No recuerdo muy bien si pasó mucho tiempo o poco, pero el caso es que aquel chico moreno me propuso bajar del hotel a la playa. Yo me lo estaba pasando tan bien, que me senté a su lado sobre la arena de aquella isla. El efecto del alcohol, y el suave rugir de las olas, me hicieron olvidar toda mi vida por aquella noche, y lo único que podía hacer bien era reírme, y mirar a aquel muchacho atractivo, que no dejaba de sonreír.

De improviso, él me agarró con sus fuertes brazos por el cuello, y me tiró contra la arena. Yo no pude esquivarlo, pero enseguida use un movimiento instintivo de mis partidos de rugby, y conseguí volcarle a él contra por un momento. Aquel inocente juego había conseguido excitarme de tal forma, que mi polla ya se marcaba contra mis vaqueros, y cualquier observador atento habría podido darse cuenta de que estaba completamente empalmado.

Aquel hombre se levantó de repente, y se dirigió hacia el mar. Mientras se quitaba apresuradamente la ropa, se metió de golpe en el agua, y me invitó a mí a hacer lo mismo. Yo tuve vergüenza al principio, pero al rato mi polla volvió a su tamaño normal, y me atreví a meterme en el agua.

Me había metido en el mar sólo con mis calzoncillos, y el agua templaba el calor de mi cuerpo después del aquel día. Enseguida me puse a nadar con dificultad por el efecto de todas las cervezas que nos habíamos bebido, pero él me sorprendió por la espalda y me zambulló en el agua sin poder evitarlo.

Saqué rápidamente la cabeza y me di la vuelta, luego le cogí por la cintura para tirarle yo a él, pero vacilé al descubrir que ni siquiera llevaba puestos los calzoncillos.

Volvió a meterme debajo del agua, y cuando salí no vacilé por segunda vez. Le agarré y le intenté sumergir, pero él se resistió, y no pude hacer nada. Luego me aparté y me sentí avergonzado porque de repente mi polla había vuelto a crecer de tamaño, y le había rozado varias su cuerpo con ella.

Él me miró fijamente, y se limitó a sonreír. Hizo un gesto con la cabeza para que me fijase en su polla y pude ver cómo él también estaba empalmado. Volvió a sonreír, y antes de que me diese cuenta ya había metido su mano por entre mis calzoncillos, y me había agarrado fuertemente.

Me había cogido por la espalda, y podía sentir su miembro completamente duro detrás mío, mientras sus fuertes brazos me agarraban, y con una mano empezaba a menear mi polla, primero lentamente, y un poco más rápido cada vez.

Luego, tan pronto como empezó todo, me soltó y paró. Me dio la vuelta y me propuso ir a un edificio cercano que estaba abandonado.

Con el pulso acelerado, nos refugiamos entre las paredes de un edificio abandonado. Él me cogió y me besó mientras me apretaba fuertemente contra él. Siguió besándome un buen rato y luego bajó su cabeza hasta mis piernas. Entonces se metió mi polla en la boca, que no había estado tan gorda desde hace mucho tiempo. Empezó a chupármela con fuerza, apretando su boca y jugando con su lengua vigorosamente, y al poco tiempo le pedí que parase porque estaba a punto de correrme. Él se puso en pie y me ofreció que hiciese lo mismo con él, y yo me metí por primera vez aquella polla en mi boca. Al principio me sentí extraño, pero enseguida empezó a gustarme aquel tacto y aquel sabor, y comencé a chupársela tal y como él había hecho conmigo. Yo podía haber seguido con aquel nuevo descubrimiento tan excitante varios minutos más, pero él me paró y me levantó. Seguidamente empezó a masturbarse delante mío, y yo hice lo mismo con él. Apenas pasaron unos segundos cuando empecé a notar como mi excitación llegaba a su punto más alto, y no pude evitar que mi polla derramara toda la leche sobre su cuerpo en una tremenda corrida. Luego fue él quien se corrió sobre mí, y quedamos los dos exhaustos el uno frente al otro. Levanté por un momento la vista, y le miré directamente a la cara después de la que había sido mi primera experiencia sexual con un chico.

En su rostro cansado por la excitación aún podía vislumbrarse aquella sonrisa de complicidad.

Luego, él volvió de vuelta al hotel, pero yo me quedé un rato solo sentado junto a la playa. Me fijé de pronto en cómo los colores violetas de Pacífico se volvían de un extraño tono gris cuando el reflejo de la luna se mezclaba con ellos. Al día siguiente, mi familia y yo volveríamos de vuelta a Irlanda, y aquel hombre y su novia volverían a España, donde seguidamente se casarían. No iba a ser la última vez que yo contemplase los sutiles cambios de color del mar en la isla de Lanzarote, pero sin duda, aquellos colores no volverían a tener el mismo matiz salvaje de aquella primera vez.

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  • xico52 dice... Es el Atlantico el que baña la isla de Lanzarote y no el Pacifico
  • gRwzxSFFQk dice... 3dFea0 <a href="http://hbdqebujiinv.com/">hbdqebujiinv</a>, [url=http://ligypqwofelq.com/]ligypqwofelq[/url], [link=http://msythezylebk.com/]msythezylebk[/link], http://ifvpxwfgozmj.com/
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